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Versión completa: Calypso
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Nombre: Calypso
Sexo: Femenino

Raza: Diosa-Ángel 
Descripción física:  Tiene el pelo oscuro y corto, aunque le cae un mechón largo blanco casi por la mitad de la frente. Tiene 3 pares de alas de color negro, blanco, y negro de nuevo, respectivamente. Respecto a su vestimenta, se ha adaptado un poco a la moda de hoy en día. Suele llevar unos guantes sin dedos negros en ambas manos y una armadura protegiendo su cuerpo y espalda, la cual no le cubre los brazos, cubiertos de unos símbolos extraños de pintura negra. Lleva unos brazaletes no muy grandes en los antebrazos de color violeta. Viste unos pantalones de azul oscuro y unas botas altas negras. 
 
Descripción psíquica: La diosa de la calamidad, de la guerra, del dolor, del sufrimiento. Calypso, la diosa del apocalipsis. Es malvada, tirana, maquiavélica, retorcida, fría, calculadora, asesina. Le encanta matar, hacer daño, causar sufrimiento en todo ser viviente. En sus ojos y en su siniestra sonrisa se puede apreciar todo esto. Es capaz de arrasar una ciudad entera, sin importarle la vida de las otras personas.
 
Miedos: No teme a nada. Pero odia que sus planes le salgan mal, lo ODIA mucho. Hará todo lo posible por exterminar al causante de eso. Y si encima esa persona se revela contra ella, no solo la matará, como en el primer caso. Antes de eso, le hará sufrir. Matará a sus familiares, amigos, conocidos. Si le encantan los gatos, creará una masacre "gatuna". Un error suyo es que cuando los planes comienzan a irle mal, se mete de cabeza en eso, se centra, se vuelve loca. Es como "¡NO ME PUEDEN SALIR MAAAAAAAAAAAAAAAL!" y hace lo que sea por arreglarlo. Y si sigue fallando... su desesperación será máxima. Y eso no es bueno, no. Porque haya causantes o no... destruirá todo a su paso.
Habilidades Utiliza sus poderes oscuros para acabar con todo. Puede volar con sus seis alas. Es muy poderosa.
 
Historia Es una leyenda, inexistente. Las más antiguas leyendas la contienen. Estas leyendas cuentan que vive en el Mundo Apocalíptico, aunque no se sabe cómo es. 

La guerra entre humanos y ángeles contra demonios ha acabado. El epicentro de esto, París, está triunfante. Hace apenas unos minutos que ha acabado la batalla. Los demonios que quedaban se han ido, tanto de Francia como de otros países, y hay muchos muertos. Pero no pueden evitar estar contentos. Además, el dios de los demonios, Reshak, ha muerto. Este tenía un poder oscuro mayor, de ahí que los demonios fuesen más poderosos y tan diferentes de aquellos de las historias. 
Lutea, la diosa de la luz, ha descendido a la Tierra para apoderarse de susodicho poder oscuro, poder sumarlo a su esencia tras dominarlo. Pero no es capaz, y ambas esencias se juntas. Balnco y negro. Gris. Eso hace que una esencia más oscura que la de Reshak se apodere de su cuerpo y haga que se transforme. Calypso, la diosa de las calamidades, está aquí. 

Escenario del rol: La Tierra. La guerra ha acabado, pero ella ha llegado. Calysto está aquí, y quiere hacerse con el trono de este mundo.

La transformación había sido dura, pero ya era libre de nuevo. Tantos años encerrada... Pero ahora ya estaba volando sobre aquella pequeña ciudad de ese país, no segura de su ubicación, aunque por varios motivos había deducido que estaba en Francia. Y por ahora, se preguntaba qué hacer.
Nombre: Christophe Matthieu

Sexo: Masculino


Raza: Humana

Descripción: Se trata de un muchacho de 19 años, alto, delgado. Lleva unas gafas redondas que siempre se está colocando hacia atrás. Su pelo es rubio oscuro, no demasiado corto, lo suficientemente largo para que el viento se lo revuelva. Siempre da la impresión de que no va peinado. Viste unos vaqueros oscuros y una camisa granate, abrochada dejando el cuello abierto. Y unas zapatillas de cordones bastante básicas. En este momento su pelo, cara y ropas están llenas de manchas de harina reseca adherida.
 
Se le define con un solo adjetivo: miedoso. Nunca se ha atrevido a hacer nada, ni en el colegio llegó a atreverse a hablar con esa preciosa chica de la esquina del aula de literatura, ni cuando comenzó la guerra tuvo el valor de contraatacar. No tiene familia. Principal razón por la cual no tuvo suficiente motivación para salir y luchar. Se crió en un orfanato de monjas y vive solo desde los 16 años.


Esta maldita guerra. Mientras veía a todos aquellos valientes, los héroes de mi tiempo, enfrentarse a esos viles seres. Mientras veía cómo algunos se preparaban y entrenaban para el combate, mientras otros luchaban con los patéticos medios que encontraban, yo, Chris Matthieu, cobarde de mí, me escondí y esperé, como una asquerosa rata a que otros lucharan para protegerme.
Ahora que la guerra ha terminado hace tan sólo unos minutos, desde mi escondrijo oigo los gritos triunfantes y aliviados, mi gente, los ciudadanos franceses. Y los ángeles. Esos seres con los que sigo flipando después de tanto tiempo. Todo suena a novela de Laura Gallego. Todavía no quiero moverme. ¿Mi escondite maravilloso? Una destrozada panadería, tan pequeña que ni para campo de batalla servía. Aquí estoy, en la sala de hornos, agazapado en una esquina, rodeado de bolsas de harina y baguettes duras. Mi alimento durante todo este tiempo.
Ya han notado mi presencia la gente. Tan solo lo sabían ellos tres, pero ahora lo sabe más gente. Desciendo en una pequeña ciudad, que está prácticamente destruida por la batalla que se había librado antes, y comienzo a caminar, intentando encontrar a gente con la que divertirme.
Después de unos largos minutos de  silencio, las calles se inundan de ruido. Gritos y más gritos. Aunque sé que son de victoria, sigo asustado y negado a moverme de donde estoy. Por un lado me debato entre salir y disfrutar de la libertad, felicitar a mis conciudadanos y sonreír. Pero no, ¿cómo iba a poder hacerlo?. Aunque nadie ahí fuera sepa quién soy (perdí la pista de mis amigos hace mucho) no soy capaz de mirarles a la cara. Así que continúo agazapado entre las bolsas de harina y dando vueltas a mis miserables pensamientos.
Decido alzar el vuelo. Todavía no hay nada interesante con lo que divertirme. No obstante, lejos veo un avión... ¡que se acerca a mí! Genial, por fin diversión.
Cuando pasa por mi lado, sonrío a la gente que me mira. Y, entonces, golpeo un ala con mi puño, envuelto en un manto sombrío, que hace que esta se rompa y caiga, y con ella, el avión entero lleno de pasajeros, y veo cómo se estrella. Genial, ahora me voy a volver a aburrir.
Pasados ya largos minutos, considero que es momento de salir. No sin esfuerzo, debido al entumecimiento de todo mi cuerpo al pasar tanto tiempo en la misma posición, muevo los pesados sacos de harina y me levanto lentamente. Nada más hacerlo siento el impulso de agacharme al oír un estruendo lejano, inusual. Como era de esperar, me asusté. Decido no salir por la puerta principal, sino escoger la puerta trasera que da a las escaleras que conducen a la azotea del edificio donde me encuentro. Subo pesadamente las escaleras, llenándome de ilusión por ver el cielo parisino una vez más. Apuro los últimos tramos de escalera hasta por fin alcanzar la azotea. Olvidando dejar algún tope en la puerta, ésta se cierra tras de mí. Ahora ya no hay forma posible de volver.
Voy volando, y me parece ver a alguien en una azotea. Je, más diversión.
Voy hacia el sitio elevado donde está esa persona, creo que lo llaman "azotea", y lanzo una esfera oscura hacia allí, pasando después por encima, y me quedo ahí, en el cielo, viendo cómo una de las paredes más altas de la azotea se hace añicos.
Me olvido rápidamente de la puerta cerrada en el momento en que tanteo el aire fresco y puro. Me doy cuenta de que sigo agazapado, así que me yergo rápidamente, notando cómo cada hueso cruje perezosamente. Doy unos pasos, me estiro, sonrío, grito de entusiasmo, alzo la cabeza al cielo y dejo que la luz me dañe los ojos. ¡Libertad!
Me dispongo a asomarme al borde de la azotea, a echar un vistazo a mis conciudadanos y a la ciudad entera. Pero no tengo tiempo de dar más de dos pasos, pues de pronto una tremenda oscuridad invade mi alrededor. Me giro, dirijo la vista al cielo para ver cómo una inmensa esfera negra se acerca con velocidad en mi dirección. Instintivamente corro hacia la puerta, recordando que estaba cerrada, no puedo más que esconderme tras la pared más cercana y sufrir el enorme estruendo que me desgarra los tímpanos y de la que, afortunadamente, me salvo. Seguramente haya dado a la pared más alejada a mi posición, me digo, es la única explicación que se me ocurre.
Todo es una gran nube de polvo oscuro. ¿Lo habrán oído? ¿Podrán ayudarme? ¿He de gritar, o mi atacante me estará acechando? En mi subidón de adrenalina, me pongo a saltar a lo largo de toda la azotea, a gritar ya que entre tanto polvo no se me debe de ver aún. Grito, salto, muevo los brazos, chillo con todas mis fuerzas. ¡Aaaahh! ¡¡¡AAAAAAHHHHH!!! Por favor, simplemente, que alguien me salve. Que alguien cometa la locura de ayudar a este imbécil cobarde.